Uji (宇治)
Del esplendor al silencio
Byōdō-in (鳳凰堂)
Llegamos a Uji en un tren de cercanías y nos sorprendió una estructura roja que extiende sus "alas" laterales desde 1053, preparándose para un despegue que lleva siglos posponiendo.
En el Byōdō-in el agua no solo refleja el rojo intenso, es una ventana a la Tierra Pura del Buda Amida. El paraíso donde el sufrimiento se detiene y la paz es absoluta. El agua es la frontera entre este mundo y el otro — el que, según el budismo amidista, es el verdadero.
Sobre un pedestal de loto se sienta el Buda Amida, una estatua colosal cubierta de oro. Lo rodean 52 bodhisattvas que flotan en nubes de madera tocando instrumentos musicales. Paredes y techo están lujosamente decorados, y aunque las pinturas estaban muy desgastadas por el tiempo, se respira el esplendor original. A sus pies nos hicimos chiquitos. No dejaron sacar fotos. De cualquier forma no le hubieran hecho justicia — pero les dejamos las del sitio oficial para que se hagan una idea.
Fotos: © Byōdō-in
Kōshō-ji (興聖寺)
Para aprovechar que andábamos en Uji, decidimos visitar Kōshō-ji, un templo con solo 746 reseñas de Google, frente a las 21,090 del Byōdō-in. Éramos los únicos allí, no había nadie en recepción, solo una maquinita para los 500 yenes de entrada — menos de 4 dólares — que nadie reclamaba. Nos quitamos los zapatos y empezamos a recorrer el austero lugar, asomándonos en cada esquina para ver que no invadiéramos algún área restringida para los monjes.
Llegamos a un salón con suelo de tatamis, sus puertas estaban abiertas hacia un pequeño jardín de musgo y piedra. Instintivamente Carmina y yo nos sentamos a meditar, no sé cuánto tiempo. En algún momento ambos abrimos los ojos y una leve sonrisa restableció la comunicación, seguimos explorando. Nos sorprendió una sala grande, más formal, con oro que contrastaba con aquella austeridad, sin embargo no pudimos evitar volver a sentarnos. Esta vez una campana detuvo la meditación. Eran las 4 y el templo cerraba.